Cumpli√≥ 111 a√Īos, tiene dos novias y lo √ļnico que lamenta es no poder bailar

Gregorio Mosqueda volvi√≥ a lograrlo: lleg√≥ a un nuevo cumplea√Īos, y su sorprendente marca avanz√≥ otra raya m√°s. Desde ayer tiene 111 a√Īos, una salud con achaques pero sin grandes amenazas a la vista y una sola queja: que las piernas ya no le respondan como antes a la hora de bailar.

Gregorio Mosqueda
Gregorio Mosqueda cumpli√≥ ayer 111 a√Īos

¬ęMi abuelo vivi√≥ hasta los 115 y caminaba¬Ľ, dice √©l, como reclam√°ndole a la naturaleza que no lo haya tratado del mismo modo. Don Gregorio, que vive en el barrio Santa Catalina, de Resistencia, tiene dificultades para moverse, oye poco y ve menos, pero todo lo dem√°s est√° en orden. ¬ęLe hicimos los estudios y est√° mejor que nosotros, ni colesterol alto tiene¬Ľ, cuenta una de sus hijas.

Pero a don Gregorio esa mitad del vaso no parece interesarle tanto como el hecho de que la debilidad de sus piernas le imposibilita ahora bailar un buen chamamé de punta a punta y salir a vagar sin depender de nadie, dos de sus grandes pasiones. Aun así, se las ingenia, y hasta declara tener dos novias, Benancia y Gladys, un par de ancianas del mismo barrio.

Es que los amores tambi√©n fueron ‚Äďaparentemente- parte de la receta de longevidad de Gregorio. Se cas√≥ cuatro veces y tuvo 22 hijos. La lista de nietos est√° en sesenta, y sigue creciendo. La cifra de bisnietos var√≠a como si la dictara un cuentakil√≥metros.

Naci√≥ el 4 de enero de 1903 en Presidencia Roca, en el norte chaque√Īo. Fue obrero, tropero y lo que la necesidad demandara. Uno de sus hijos lo trajo a Resistencia en los ’80. Ninguno de sus hermanos vive ya. Sus padres, parad√≥jicamente, murieron con poca edad. Ella, en su √ļltimo parto; √©l a los 66, por una enfermedad.

Su rutina diaria va aquiet√°ndose a√Īo a a√Īo. Se levanta a media ma√Īana y se mueve lentamente por la casa. Le gusta mucho escuchar m√ļsica, y tiene fervorosa devoci√≥n por el chamam√©. El acorde√≥n le hace vibrar la sangre, aunque los pies se hagan los sordos. Gregorio escucha la radio y toma su agua de yuyos de cada jornada, acaso otra de las razones de tanta existencia andada.

De las cosas que extra√Īa, la m√°s querida es la libertad de salir a cualquier hora del d√≠a sin tener que dar explicaciones ni pedir ayuda. A sus hijos les dice que √©l cree que sus piernas est√°n as√≠, adormecidas, porque alguien ¬ęle hizo un da√Īo¬Ľ. La creencia norte√Īa en los maleficios da√Īinos lanzados por terceros sigue siendo muy grande.

Los gustos, igual, no faltan. Su familia siempre lo mima y lo agasaja con un buen guiso o con un cerdo asado, su comida favorita. Una de sus hijas lo ayuda con las novias. ¬ęA veces las busco el viernes y el domingo vuelven a sus casas¬Ľ, cuenta ella divertida. Gregorio comparte el rato con ellas, de a una por vez. Escuchan algo, toman un jugo fresco, dejan que los ventiladores soplen los recuerdos, escuchan las bromas de los hijos y se r√≠en. M√°s vida, imposible.

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